El señor Greek
—¿Es cierto lo que me cuenta, Sir
Blackwood?
La joven
Margarethe observaba su fatigado rostro reflejado en el espejo mientras hacía
deslizar el cepillo. Sus ojos se habían vuelto fríos e incrédulos, con el paso
del tiempo.
Sir Thomas
Blackwood se había desplazado hasta la mansión de Margarethe en mitad de la
noche, obligando a sus sirvientes despertarla, pues tenía una gran noticia que
declarar a la señora. Y ésta, sabiendo quién era el portador de la nueva, no
tardó en acomodar sus vestimentas para recibirle.
—Es cierto,
señora Higgins.
—Llámeme
Margarethe, por favor.
Los ojos de la
mujer temblaban siempre que escuchaba su apellido de casada; y una lágrima
descendía silenciosa por la mejilla, al recordar la última vez que las manos de
su marido cepillaron su larga melena. Después, la tuberculosis hizo que él
partiera hacia el otro mundo.
—Lo siento,
Margarethe —le contestó, mirando al suelo—. Pues sí que es cierto lo que vengo
a contarle. Mi carruaje nos está esperando en la entrada, para llevarnos hasta
el estudio de Greek.
—Y… ¿funciona?
—Usted será la
primera en probarlo, expresa petición de un servidor.
—Es usted muy
gentil, Sir Blackwood.
El carruaje
abandonó las calles más concurridas del centro de Londres para adentrarse en el
temible East End, circulando sin detenerse hasta alcanzar uno de los callejones
más escondidos y siniestros. La niebla flotaba sobre los adoquines formando un
manto etéreo que se abrían en surcos al paso de los caballos. Al final del
corredero, una pequeña puerta herrumbrosa les cerraba el paso.
—Es aquí
—informó Sir Blackwood.
El hombre hizo
méritos de galantería ayudando a descender a la joven viuda, cogiéndola de la
mano. Margarethe estaba temblando de miedo y emoción, pensando que tras aquella
puerta vieja y oxidada podría realizar su sueño más deseado. Y mientras su
acompañante hacía resonar el hierro con los golpes de la aldaba, ella se llevó
su fina mano enguantada al camafeo que le colgaba del cuello, como último
recuerdo físico de su amado. Los goznes crujieron y, tras ellos, el gemido
cansado de la puerta que se entreabrió.
—Vamos —dijo a
Margarethe, avisando después al cochero que permaneciera atento, a la espera.
Ambos bajaron
por unas escaleras de piedra que a la chica se le antojaron inacabables, pues
creía que al final de éstas, perdiéndose en la oscuridad, llegarían hasta el
mismo abismo, donde un ser sobrenatural les estaría esperando para concederle
el sueño anhelado a cambio de vender su alma. El temblor se inclinó totalmente
hacia un lado, descartando su vertiente emocional.
—Sir Blackwood
—susurró en la penumbra—. ¿Está seguro que es aquí? Este lugar me pone
nerviosa.
—Sí, señora
Margarethe —contestó, apretándole un
poco más la mano—. No tenga miedo.
Las escaleras
seguían su declive y, poco a poco, la bóveda se estrechaba, dejando el mínimo
espacio para hacer pasar sus cuerpos. Margarethe rozaba las faldas por ambas
paredes. Un olor extraño ascendía de las profundidades. Un hedor que se
intensificaba a cada escalón que pisaban, y que penetraba punzante a través de
las fosas nasales de la joven. En el siguiente recodo, una luz tenue y
anaranjada les daba la bienvenida.
—Estamos
llegando —anunció Thomas.
Un último
tramo de escalones antes de alcanzar suelo llano, y un pasillo estrecho,
iluminado por unas pequeñas y polvorientas lamparillas, les separaba de otra
puerta cerrada. El hedor procedía del interior. Fue Sir Blackwood quien se
adelantó para llamar mientras la mujer se esperaba a unos pasos de él. Esta vez
la puerta no se abrió sola, sino que había la oscura forma de un hombre que les
daba la bienvenida. La luz impactó en la cara del desconocido, mostrando a
Margarethe un rostro decrépito y grisáceo que la asustó.
—Bienvenido,
Sir Thomas —dijo el hombre con voz siniestra—. ¿Es… la señorita de la que me
habló?
—Exacto, señor
Greek —contestó, dando un paso hacia un lado, dejando a Margarethe a la vista—.
Esta es la mujer que busca su ayuda.
El extraño
señor Greek examinó el rostro de la joven con unos ojos pequeños y negros,
sabiendo el respeto que infundaban sin tener que mediar palabra alguna. Y
comprobó su efecto en el miedo que destilaba la mirada de la mujer. Dio media
vuelta y se adentró en la habitación, sin ofrecer el paso a los recién
llegados. Sir Blackwood agarró la mano de Margarethe con suavidad, haciendo
ademán de calmarla; y tiró de ella para conducirla hacia el interior.
La sala era
amplia y espaciosa, aunque no muy alta. Lo suficiente para que un humo
negruzco, el causante de la fetidez que viciaba el entorno, serpenteara al ras
de los ladrillos que lo formaban, creando una capa oscura como la noche. Y esa
humareda era despedida por unos largos tubos que sobresalían de un armatoste
que gobernaba el centro de la estancia. Un aparato extraño, pensó Margarethe,
pues además vibraba y emitía un zumbido sordo que les envolvía invisible.
El rostro de
Thomas Blackwood se tornó brillante al quedar fascinado por lo que veía. Lo
observaba todo como un niño pequeño, yendo a un lado y al otro, nervioso, hasta
que se colocó junto al tipo que les había recibido. La joven se acercó a ellos
con cautela.
—Señorita…
—Margarethe
—aclaró la mujer—. Llámeme Margarethe.
—Está bien.
Señorita Margarethe. Su amigo, Sir Thomas, me comentó que usted tenía la
necesidad de realizar un sueño, pero que era algo imposible de conseguir.
—Así es.
—Y me rogó que
pusiera a su disposición mis conocimientos y mi trabajo para lograr
complacerla.
Margarethe
miró de soslayo a su amigo, viendo como éste sonreía, asintiendo con la cabeza.
Quedó en silencio.
—Verá,
señorita. Lo que usted desea es algo que se aleja de las leyes de la
naturaleza, como bien sabrá; pero quizá, con mi invento pueda ayudar a que esa
frontera natural sea traspasada, dándole a usted la satisfacción de
experimentar su sueño hecho realidad. ¿Está usted dispuesta a traspasar las
barreras de lo conocido?
El rostro de
la joven se ensombreció, mostrando la duda y el miedo que infundaba la
propuesta de aquel tipo. El brazo de Sir Blackwood rodeó los hombros de la
mujer, proporcionándole seguridad y confianza. Los labios de Margarethe se
entreabrieron lentamente.
—S… sí —dejó
escapar con un leve silbido.
El señor Greek
agradeció la respuesta y se fue a la parte trasera de la máquina para cargar el
caldero con leños, que formaban una gran pila contra la pared. Accionó una de
las palancas que sobresalían como espadas por el lateral del aparato, y éste
empezó a zumbir con más intensidad. Los tubos escupieron una bocanada de humo
negruzco para dar paso a una nube densa y blanca, que pronto eclipsó la
anterior. Entonces, el zumbido provocó que los pies de la máquina temblaran,
hasta que volvió a estabilizarse.
—Es el
momento, señorita Margarethe —anunció el hombre extraño.
Moviendo dos
ruedas al mismo tiempo, un chiflido agudo acompañó la apertura de una puerta en
el centro de la máquina. El hombre ayudó con sus manos a que se abriera del
todo, dejando a la vista sus entrañas. En el interior no había más que una
cámara reducida y un sillón acolchado. El hombre la invitó a acceder
acercándole la mano. Margarethe se quedó inmóvil frente a la entrada,
escudriñando el habitáculo con temor.
—¿Debo entrar
ahí?
—Sí, señorita.
—¿Y qué es lo
que ocurrirá?
—Usted
realizará su anhelado deseo, pero… —el hombre dejó la frase en el aire,
cargando de dramatismo el instante—, si no le apetece, siempre está a tiempo de
echarse atrás. Ahora es el momento que elija qué es lo que realmente ansía.
Tras unos
segundos de reflexión, la joven se levantó un poco la falda y subió los dos
escalones de acceso a la máquina. El señor Greek la acomodó en el asiento,
tratándola con suavidad, mientras le explicaba todo lo que le iba a ocurrir
mientras permaneciera en el interior. Le colocó en la cabeza una corona
metálica que estaba comunicada por cables a una caja oscura, encima de la
mujer. Y le tapó los ojos con una banda fría y flexible, hecha de un material
férreo que nunca había visto.
—Sobre todo no
se asuste por lo que vea, pues los nervios podrían hacer que el final del
trayecto se viera truncado.
Margarethe
asintió con la cabeza, invidente ante los dos hombres. El ruido de la puerta al
cerrarse y la sensación a estanqueidad, aceleraron el pulso de la joven,
abrigada de todo en la más completa oscuridad. A su espalda podía escuchar los
silbidos que la presión del vapor emitía al encontrar alguna escapatoria. De
pronto, la máquina empezó a traquetear, cada vez con más fuerza, haciendo que
el cuerpo de la chica se sacudiera rápidamente. Notaba cómo las sacudidas iban
incrementando, cómo su equilibrio se desvanecía sintiendo la pérdida de la
gravedad, hasta que dejó de percibir. A partir de ahí todo fue silencio y
tranquilidad.
En el
exterior, Sir Thomas Blackwood y su amigo miraban expectantes a la máquina;
concretamente a una pequeña bombilla que sobresalía por encima de la entrada y
que estaba apagada. Y así aguardaron en silencio, Sir Thomas nervioso, el
inventor sonriente, hasta que una luz verdosa se escapaba tímidamente por entre
las juntas de la puerta estanca.
—Ahora es el
momento —anunció el hombre, levantando las manos.
La levedad de
la luz se perdió por unos segundos, estallando de repente e irrumpiendo en la
sala como una gran ola luminosa que cegó a los presentes. Poco a poco fue
desapareciendo, devolviendo a la estancia su lóbrega situación de taller
clandestino. La pequeña bombilla empezó a parpadear. En ese momento, la puerta
se abrió gradualmente, ante la sorpresa de Sir Blackwood que, al mirar al
interior vio que el habitáculo estaba vacío.
—Ya… ¿ya está?
—preguntó el Sir, incrédulo ante lo que sus ojos le enseñaban.
—En efecto.
—Y… ¿la
señorita Margarethe?
—Ahora mismo
debe estar despertando del largo sueño que produce el viaje interdimensional,
Sir Thomas, porque es agotador —explicó el señor Greek con un brillo de
entusiasmo en sus ojos—. Pero no debe preocuparse, ya que yo mismo la
despertaré. O mejor dicho: la desperté, hace diez años.
Si os habeis quedado con ganas de más, podéis seguir soñando con el libro de Félix J. Palma, El Mapa del Cielo.